
Educar hacia la comprensión del consentimiento o de la falta de este es imprescindible. Y lo es aún más cuando hablamos de personas que presentan dificultades en su cognición social, es decir, en esos procesos mentales que nos permiten interpretar las señales, normas y emociones que forman parte de cualquier interacción social.
La cognición social incluye el conocimiento de lo que es adecuado en cada contexto, el reconocimiento emocional (leer las emociones en una expresión facial o en el tono de voz) y la Teoría de la Mente —la capacidad de entender que el otro tiene pensamientos, intenciones y sentimientos distintos a los propios—.
Cuando alguno de estos procesos se ve afectado, puede resultar complicado interpretar las normas implícitas o las señales no verbales del entorno, algo fundamental para comprender y respetar el consentimiento de los demás.
Estas dificultades pueden llevar a malentendidos: interpretar una insinuación donde no la hay, o no captar cuándo una interacción no es bien recibida. Y al revés, también pueden generar vulnerabilidad, haciendo difícil reconocer una intención maliciosa o una situación de abuso.
En la era digital, donde muchas interacciones se dan sin comunicación no verbal, estos desafíos se amplifican. La falta de sutileza o el exceso de literalidad pueden generar conflictos o exponer a las personas a situaciones incómodas o de riesgo.
Por eso, la educación afectivo-sexual debe ser una prioridad cuando trabajamos con personas con dificultades en la cognición social. No solo como prevención, sino como una forma de promover relaciones más sanas, seguras y empáticas.
Educar en consentimiento no es solo enseñar a decir “sí” o “no”, es enseñar a entender, respetar y cuidar al otro. ¡Aspecto imprescindible en nuestra sociedad y ámbito a trabajar cuando falla la cognición social aún más si cabe!