

Hace 11 años, embarazada de mi tercer hijo, me propuse pasar a limpio todos aquellos ejercicios que realizaba con tanta ilusión en los talleres de afectividad y sexualidad. Fueron mis primeros grupos: personas maravillosas que, a pesar de los cambios tras un daño cerebral, se reencontraban consigo mismas y volvían a disfrutar.
Hoy, mi hija llega del colegio con este dibujo. Uno de esos regalos inesperados de la vida que te recuerdan por qué haces lo que haces.
Mi profesión exige disposición, entrega y mucha responsabilidad. Pero también es pura vocación. Estoy segura de que habría tomado otros caminos si no disfrutara y aprendiera cada día de las personas que he tenido la suerte de conocer gracias a este trabajo. Esa responsabilidad a veces pesa, pero también engancha y me impulsa a seguir preparándome y creciendo.
Este dibujo es un ejemplo de cómo la vocación se entrelaza con la vida personal y familiar. Y qué bonito que así sea.
Con su permiso, lo incluiré en mis próximas diapositivas, porque estoy convencida de que aportará un poquito de la luz que ella desprende.
Regalos de la vida.