
Cuando pensamos en cuidar nuestra salud solemos prestar atención a aspectos como la alimentación, el ejercicio físico o el descanso.
Sin embargo, existe otro aspecto fundamental que muchas veces pasa desapercibido: la reserva cognitiva.
Además de dormir bien, alimentarnos adecuadamente o mantenernos físicamente activos, también podemos realizar acciones que contribuyan a mantener nuestras capacidades cognitivas y favorecer la salud cerebral a lo largo de la vida.
Durante la década de los noventa comenzó a desarrollarse el concepto de reserva cognitiva.
Este concepto plantea que una persona puede mantener sus habilidades cognitivas a pesar de presentar determinadas lesiones o cambios cerebrales a lo largo de su vida.
La reserva cognitiva no evita necesariamente que aparezcan estos cambios, pero puede influir en la manera en que estos afectan al funcionamiento cotidiano de la persona.
Por ello, cada experiencia, aprendizaje o actividad que realizamos a lo largo de la vida puede contribuir a construir esa reserva.
Nuestro estilo de vida desempeña un papel importante en la construcción de la reserva cognitiva.
La actividad intelectual que realizamos, el ejercicio físico, el aprendizaje constante y una participación social activa son algunos de los factores que influyen en ella.
Esto significa que la manera en que utilizamos nuestro cerebro a lo largo de los años puede contribuir a mantener nuestras capacidades cognitivas durante más tiempo.
Ya en el siglo XVII, una congregación de monjas francesas decidió ceder sus cuerpos a la ciencia.
Al estudiar sus cerebros tras el fallecimiento, se observó que algunas de ellas presentaban daños cerebrales. Sin embargo, habían vivido prácticamente sin deterioro intelectual hasta los últimos momentos de su vida.
Entre las características que compartían se encontraba una rutina diaria con una importante participación en actividades de estudio, ejercicio físico y vida social activa.
Este tipo de observaciones contribuyó al desarrollo posterior del concepto de reserva cognitiva.
Existen numerosas actividades que pueden contribuir a mantener un cerebro activo.
Todas estas experiencias implican poner en marcha diferentes capacidades cognitivas y favorecen una participación activa en el entorno.
No podemos impedir que aparezcan todas las enfermedades o lesiones cerebrales que pueden surgir a lo largo de la vida.
Sin embargo, sí podemos trabajar para posponer o reducir el impacto que estos cambios puedan tener sobre nuestra calidad de vida.
Por ello, fortalecer la reserva cognitiva no debería limitarse únicamente a actuar cuando aparecen los síntomas.
También implica adoptar hábitos y actividades que favorezcan el mantenimiento de nuestras capacidades cognitivas a lo largo del tiempo.
Cuando hablamos de salud solemos pensar en alimentación, ejercicio físico o descanso.
Pero cuidar el cerebro también forma parte del cuidado de nuestra salud.
La reserva cognitiva nos recuerda la importancia de mantenernos activos, seguir aprendiendo, relacionarnos con otras personas y participar en actividades que supongan un estímulo para nuestro cerebro.
Porque además de dormir bien, comer bien o ir al gimnasio, también podemos fortalecer nuestra reserva cognitiva y favorecer una mejor salud cerebral.
La salud cerebral y el desarrollo de la reserva cognitiva forman parte del bienestar y de la calidad de vida a lo largo de todo el ciclo vital.
Trabajo con equipos sociosanitarios, profesionales y entidades en formación sobre salud cerebral, envejecimiento cognitivo, reserva cognitiva y prevención.
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