

Cuando la individualidad de una persona con autismo no queda reflejada en las pruebas de evaluación de la sexualidad, es fundamental que como profesionales sepamos identificar otras formas de expresar bienestar o rechazo.
Comprenderles implica acompañarles en el proceso de descubrir qué sensaciones resultan agradables o desagradables, cómo comunican esas experiencias y cómo podemos ofrecerles un entorno seguro y respetuoso para expresarlas. También requiere enseñar estrategias para rechazar lo que les incomoda y acercarse a aquello que les resulta placentero.
Durante los cursos que estamos realizando en APNABI, observamos que muchas personas se benefician de metodologías que requieren cierta capacidad cognitiva y de introspección. Sin embargo, eso no significa que dejemos atrás a quienes, por tener mayores necesidades de apoyo, no puedan acceder a estas intervenciones concretas.
Con ellas seguimos trabajando en el reconocimiento de su identidad, en su derecho a decidir y en la satisfacción de sus necesidades afectivas, que siguen existiendo aunque sean más difíciles de identificar.
La conclusión es clara: no podemos dejar a nadie atrás por sus condiciones de salud. Cada diferencia debe ser un reto que nos impulse a seguir aprendiendo y adaptando nuestras estrategias de evaluación e intervención afectivo-sexual.
La diversidad humana nos invita a crear contextos ricos, dignos y llenos de oportunidades para todos